lunes, mayo 02, 2005

Kung-fu a muerte en Portugal

Ya que mi querido amigo Gilito me pedía en un reciente comment que siendo primavera me dejara de miserias y contara anécdotas surrealistas, qué mejor que recordar mi fugaz paso por el mundo de las artes marciales.

Por mediación de un amigo me apunté hace años a un gimnasio de Kung-fu, modalidad Choy Li Fut (o como coño se escriba). A los tres meses de estar allí, el profesor anuncia que pronto se iba a celebrar en Portugal el campeonato de Europa de Kung-fu, y que tras deliberar mucho había suscrito a los 6 que él pensaba que podían hacer un buen papel. De entre los aproximadamente treinta alumnos del gimnasio (algunos con muchos años de práctica y casi todos con cinturones de grados altos) había seleccionado a 2 para la modalidad de formas (que son como las katas del kárate) y 4 para combate. Sorprendentemente, entre estos últimos estaba yo, que llevaba solo tres meses allí y que no tenía ni puta idea de nada. La verdad es que en aquel momento yo hacía mucho deporte y estaba hecho un animal, pero coño, no para pelear en un campeonato internacional de artes marciales. Pero como todos vinieron a felicitarme, entendí que debía tomarlo como un cumplido y no dije nada.

Llegó el día de partir y, a pesar de que había hueco de sobra en la furgoneta y el coche en que viajaban, me empeñé en llevar mi coche (yo ya me conozco y siempre me gusta llevar mi propio coche a todas partes por si me agobio o se me cruza el cable poder esfumarme sin depender de nadie). Lo que pasa es que olvidé decirles que mi coche de entonces era un Suzuki Santana. Así que imaginad el convoy: una furgoneta Mercedes muy potente y un Audi 90 a una velocidad absurdamente lenta por esperar a la tartana, ya que el Santana a duras penas cogía los 100 km/h.
En la primera parada para mear se reúne el concilio de Shaolin y me dicen que me deje de tonterías y me suba al Audi, que si no no llegamos nunca. Dejé en la gasolinera mi coche y pasé mis cosas al Audi, pero en la siguiente parada ya estaba hasta los huevos de escuchar conversaciones tontas y me pasé a la furgoneta.
Mis compañeros de viaje eran unos elementos de cuidado, el profesor incluido. No eran los típicos flipados de las artes marciales tipo "El Malaguita" de Torrente, no. Eran tíos muy broncas y algunos en concreto basura camorrista de la peor calaña. Había uno que daba miedo: era muy alto y musculoso y se parecía increíblemente al actor Dolph Lundgren, tenía incluso la misma mirada despreciativa y el gesto de asco, por lo que le llamaban "El Lúngren".
En la furgoneta la cosa no mejoró demasiado. Un ejemplo de conversación:
- ¡Eh, Micropene! ¿Sabías que el "Lúngren" se folla a su hermana?
- ¿Ah, sí? ¿Y lo saben tus padres?
(Y el "Lúngren" después de atravesarme con la mirada, me responde con una sutil combinación de lógica aplastante y lirismo sobrecogedor, como si el mismísimo Platón hablara por su boca):
- Me suda el nabo. Para que se la folle un puto moro, me la follo yo.

Pues así hasta Portugal...

Llegamos a la frontera (cuando aún las había) y como antes de salir el profesor pasó revista para asegurarse de que todos lleváramos el DNI para evitar jaleos en la aduana, yo me lo había dejado a mano en un bolsillo de la cazadora. Pero es que ahora la cazadora, como el resto de mis cosas, estaba en el Audi. Bueno -pensé-, ahora cuando lleguen éstos lo cojo y arreglado, pero lo siguiente que escucho es que los del Audi se han desviado para intentar entrar por otra frontera menos estricta porque uno de lo ocupantes tenía algún "problemilla legal" (¿he dicho ya que la mitad eran carroña patibularia?). Pues bien, ahora el que estaba jodido era yo, porque sin DNI no podía entrar en Portugal. Así que no se me ocurre otra idea más brillante que colarme en el país ilegalmente. Les digo a estos que voy a apañármelas para entrar y que luego me recojan en el primer bar de carretera que haya en el camino. Me voy hacia un "guardinha" y le hago ver con gestos que voy a sacar un refresco de una máquina que había en el lado portugués, cosa totalmente absurda porque había otra exactamente igual en el lado español. Me dirijo hacia allí y cuando llego a la máquina echo a correr como un loco. Oigo gritos y un silbato detrás de mí pero sigo corriendo y me salgo de la carretera para correr campo a través. Cuando me aseguré que no me seguía nadie caminé un buen rato por el campo siguiendo la carretera hasta llegar a un pequeño pueblo. Allí cambié las pesetas por escudos y me metí en el primer bar a esperar discretamente a que llegara la furgoneta. Por supuesto la pista secundaria de mi cerebro me martirizaba con la pregunta en modo "loop": ¿Por qué me tienen que pasar a mí siempre estas mierdas?
Después me enteré que una suerte inversamente proporcional a la mía tuvo el "prófugo" del Audi, porque en la otra aduana también los pararon y como éste no podía presentar su DNI, empezó a hacer un poco de teatro y a simular que buscaba su documentación en el maletero para ganar tiempo y pensar alguna treta, cuando (¡sorpresa!) nota que en el bolsillo de una de las cazadoras hay un DNI (el mío). Lo saca y (¡Eureka!) el de la foto se parece razonablemente a él, por lo que se lo enseña al guardia, éste traga, y entra tranquilamente en Portugal. (Cuando me lo contaba, el tipo aún no se podía creer la suerte que había tenido, y no era para menos).
Mientras tanto yo seguía esperando en el bar. Pasa una hora y la furgoneta que no venía y en esa época no había móviles. Pasa otra media hora y yo ya empiezo a pensar que se han pasado de largo o que había otro bar antes que yo desde el campo no podía ver o cualquier otra cosa y que no me iban a encontrar, porque era imposible que tardaran tanto desde la frontera hasta allí. Entonces mi pista secundaria entra de nuevo en acción y empieza a recordarme que he entrado ilegalmente en un país (en ese momento aún no sabía que un falso Micropene delincuente se paseaba por ahí con mi documentación), que estaba totalmente perdido, sin coche, ni ropa y con poco dinero y encima buscado por la policía de aduanas Así que, cuando ya habían transcurrido 2 horas y demasiadas cervezas, decidí salir a la carretera para ver si me cogía la policía portuguesa y me repatriaba o lo que se haga en estos casos. A mí en ese momento ya me daba todo igual, como si me meten en un calabozo como el de "Acorralado" y me pegan cuatro manguerazos.
Ya había anochecido y al poco de estar sentado al borde de la carretera se acerca un vehículo haciendo las largas, y yo pensando que es la policía me levanto y les hago señas, pero para mi sorpresa resulta ser la furgoneta. Como si fuera una misión ninja, en vez de detener el vehículo y yo subir tranquilamente, lo hacen al estilo "Equipo A", es decir reduciendo la marcha sin llegar a parar y abriendo la puerta lateral para que yo salte dentro, pero no salió bien y recordó más al Mossad israelí secuestrando algún vejestorio ex-oficial nazi en Paraguay. Después de abrazarme y vitorearme como si hubiera protagonizado una gran hazaña transgresora, les pregunto cómo cojones han tardado tanto y me explican que uno de los ocupantes era menor de edad (aunque por su apariencia nunca lo hubiera jurado), y que a pesar de llevar el DNI no podía salir de España hasta que sus padres fueron a la comisaría de su barrio a enviar por fax al puesto fronterizo una autorización firmada.

Por fin llegamos a nuestro destino después de muchas peripecias más, ya que viajar con estos elementos era como ir en el autobús de los Ultrassur. El campeonato tenía lugar en Torres Vedras, un pueblo rural bastante bonito, y en el hotel yo exigí una habitación individual, aunque me costó más cara. Se supone que cuando uno tiene que competir al día siguiente su entrenador le recomienda dieta ligera, descanso y concentración en el hotel, y más después de 10 horas de viaje. Pero no, nosotros decidimos que era más sensato irnos a cenar opíparamente y a emborracharnos como cosacos.
Lo de la cena fue delirante, porque en la mesa contigua había un grupo de chicas jóvenes celebrando un cumpleaños y enseguida empezaron a aflorar esos comportamientos lamentables de los hombres en presencia de hembras. Como broche final no se les ocurrió otra cosa que hacer como regalo de cumpleaños a la chica un exhibición de rompimientos. Sí, sí, ni cortos ni perezosos salimos todos al patio del restaurante y "¡Kiaaa!" a romper tarugos de leña a mamporros, ante el numeroso público (a parte de las chicas salieron muchos más clientes a ver aquello con una mezcla de sorpresa, admiración y asco-pena). Con la euforia etílica de las espectadoras más jóvenes, alguno se emocionó más de la cuenta y de los troncos gruesos pasaron directamente a tarugos compactos que costaba horrores partir. Pensé que alguno se destrozaba la mano o el pie, pero después visto con perspectiva igual estaban buscando a posta lesionarse para no poder competir al día siguiente (luego se entenderá por qué).

Para poder seguir la juerga por los pubs del pueblo debíamos pertrecharnos según la "tradición" del gimnasio. Descubrí horrorizado que el maestro tenía la estúpida costumbre cuando salían por ahí de obligarles a llevar unos ridículos orinales de plástico en la cabeza, para que nadie se perdiera o por si alguien se metía en algún lío de los habituales poder localizarlo fácilmente y acudir en su ayuda. Repartió los orinales y nos dirigimos a la zona de pubs como si fuéramos la típica despedida de soltero espantosa. Aunque odiaba aquello, yo me puse el mío, por no hacerme el rarito, pero en cuanto pude me deshice primero del orinal y luego de ellos para seguir la fiesta a mi aire.

Al día siguiente durante el desayuno estaban contándose las batallitas de la noche anterior, y por lo que oí parece ser que el "Lúngren" y el "Conguito" (un mulato enorme que además del Kung-fu también era boxeador) habían estado calentando los puños para el combarte. Con esta gentuza no falla, cuando van a algún sitio donde no pueden llamar la atención por sus méritos o virtudes, provocan alguna pelea para poner en práctica su única habilidad.

Llegamos al pabellón donde se celebraba el torneo y había ya algunos combates en marcha. Me quedé helado. Al parecer a alguien se le había olvidado contarme el "pequeño detalle" de que los combates de Kung-fu son (o al menos lo eran en aquel momento, desconozco si ahora eso ha cambiado) parecidos al vale-tudo o al ultimate fight. Es decir, contacto total, pero en el más amplio sentido de la palabra total (sólo estaban prohibidos los golpes en los ojos, tráquea y entrepierna. ¡Absolutamente todo lo demás estaba permitido!). Los combates eran hasta el KO o rendición de uno de los contrincantes, aunque si los dos llegaban de pie al final (cosa que pasaba muy excepcionalmente) se decidía el ganador a los puntos. En el escaso rato que estuve mirando pude observar violentísimos KO's, y al personal sanitario corriendo arriba y abajo porque no daban abasto en semejante carnicería. Me acerco a mi maestro, que estaba charlando con otros maestros, y le comento mi estupor y todos coinciden en reconocer que deberían empezar a pensar en modificar las reglas hasta que la gente cogiera un poco más de nivel porque si no acabaría muriendo alguien. Con estas tranquilizadoras palabras me dirigí hacia el vestuario no sin antes echarle otro vistazo a un miembro del equipo búlgaro que era la comidilla de todo el mundo. El tipo era descomunal, una mole de casi 2 metros de alto, supercachas y con una cara de bestia que acojonaba. Mientras me cambiaba en el vestuario pensaba en el pobre que le tocara vérselas con ese animal. Porque además de su abrumadora presencia física cuando pensaba en Bulgaria me venía a la cabeza un pueblucho triste y gris como el de Pumuky, donde no hay nada que hacer, y al tipo éste en un oscuro sótano entrenando noche y día como Mr.T en "Rocky III".
En esas estaba cuando entran dos de mis compañeros descojonándose. "Díselo tú, jajaja". "No. Díselo tú, jojojo". "A ver, ¿qué cojones pasa ahora?". "Jajaja, Micropene, adivina quién te ha tocado". "¿A mí? ¡Y una mierda!". "Que sí, que sí. Que no es coña, que te ha tocado el tocho". "Pero no puede ser, joder. Si me saca dos cabezas". Pero sí que podía ser, sí. Fui a enterarme bien y por un incomprensiblemente simple reglamento sólo existían tres categorías que estaban basadas únicamente en el peso, y no contaba para nada ni la edad ni el cinturón de los contrincantes. Mi categoría era a partir de 90 kilos y en ese espectro entraba desde un tío como yo con 92 kilos de peso, cinturón gris (en Kung-fu el cinturón más bajo es gris y no blanco como en Kárate) y ni puta idea del asunto; hasta uno como el búlgaro: cinturón negro, 2 metros de altura y 120 kilos en canal que pesaría el bicho. (Joder, ¿por qué me tienen que pasar a mí siempre estas mierdas?).

Me fui a buscar a mi maestro dispuesto a decirle que ni de coña me iba a meter en el ring con esa bestia parda, pero llegué justo cuando estaba arengando a los otros, y sólo me bastó escuchar: "Pero, sobre todo no os rindáis que es un desprestigio para el gimnasio". Así que por esa dislocada concepción que tenemos los hombres del honor y la valentía, me callé como una rata, chocamos guantes y gritamos alguna estúpida consigna entre guerreros: "¡A muerte!".
"Micropene, ¿te has enterado ya?". "Sí, hijo, sí". "Tú no te preocupes. Yo te digo ahora lo que tienes que hacer". (Y yo, cual Karate kid desahuciado, me esperaba alguna trascendental revelación, que me desvelara alguna secreta capacidad mental de la milenaria cultura china que me sacara del aprieto, pero todo lo que recibí fue): "A un tío tan alto métele 4 "lokis", un barrido y en el suelo lo machacas sin piedad". (Os lo traduzco al cristiano porque os puede ser muy útil si algún día os veis, como el que no quiere la cosa, compitiendo en un campeonato internacional de Kung-fu: lo que el llama "loki" es el Low Kick , una patada baja traicionera que se da en el gemelo del rival y que aunque no es especialmente dolorosa, cuando has recibido unas cuantas tu pierna de apoyo se debilita y estás vendido para un posible barrido que te lleve al suelo, donde ya eres carne de cañón).

Lo que mi concepto del honor y la valentía no me impidió hacer fue pedir un casco protector de esos como los del Taekwondo, aunque el reglamento sólo exigiera el uso de protector bucal y coquilla para la entrepierna.

Mientras esperaba que llegara el mal trago, veía de reojo al entrenador búlgaro señalándome y dándole instrucciones a Terminator (cómo si las fuera a necesitar, ¡no te jode!).
Llegó el momento y ni "lokis" ni pollas, al más puro estilo de pelea callejera cutre me fui a por el búlgaro con toda la mala hostia de mi ser, pero no había dado dos pasos y recibo un patadón en la cabeza que me fui al suelo seco. Es que ni la vi venir, fue como un relámpago, y no era una patada como las que se ven en el kárate, que aunque hay algo de contacto es sólo para marcar el punto, esto había sido una coz furiosa. Estaba remoloneando en la lona haciendo tiempo pero vino el árbitro y me preguntó si estaba bien. Y no lo estaba, pero decidí aguantar por lo menos un asalto y luego rendirme. Con mucho pesar me levanté, y escuchaba a mi maestro gritando por detrás: "Loki, loki". (Sí, claro, "loki". ¡No te jode! Ponte tú aquí si tienes huevos y hazlo). Otra vez a la carga con toda mi rabia, y otra vez patada en la cabeza, y otra vez directo a la lona. Sólo que ésta me había dado en plena oreja y cuando me desaturdí tenía un pitido agudo en el oído y no veía nada. Pensé que me había dejado ciego pero enseguida me di cuenta que era el casco que de la hostia se había ladeado y me tapaba la vista. Por suerte no hizo falta que me rindiera porque mi maestro tuvo la compasión de arrojar la toalla, pero el pitido me duró varios días y no pude apoyar esa oreja en la almohada durante semanas. Si no llego a llevar casco, ahora estaría como Van Gogh.

Sobra decir que no volví a pisar aquel gimnasio nunca más.

6 comentarios:

Cripema dijo...

Micropene....si no fuera porque se que es verdad...no me lo prodria creer.
Mira que es surrealista tu vida,

Micropene dijo...

La verdad, Cripema, es que alguien que lo lea sin conocerme pensará directamente que es mentira, o al menos que estoy exagerando. Pero como bien sabes es la triste verdad, aunque la historia tenga todos los ingredientes de una mala película de artes marciales.
Y eso que, como me estaba saliendo muy largo el post, me he dejado muchas cosas en el tintero (como las peleas extraoficiales que los tipos más "hardcore" organizaban en un aparcamiento para pegarse sin árbitros, ni reglas, ni protecciones. O la vuelta a España que también tuvo miga: tuvimos que regalarle a la Guardia Civil el único trofeo que habían ganado para que se creyeran que esos tipos sospechosos y magullados (y con alguna nariz rota) en una furgoneta venían de un torneo deportivo y no de una batalla campal).

Gilito dijo...

Yo pido una segunda parte con el relato de la vuelta a casa !!!

J. dijo...

Yo estoy con gilito, una segunda parte es más que necesaria, es necesarisisisisisma, me ha encantado.
Jo tio, es que te veo correr para escapar de los portugueses y me parto.

J-vol dijo...

jajaa,,eso si que es una aventura!!

malaputa dijo...

Lo que me acabo de reir, lo de la entrada huyendo de los policías debió ser para grabarlo en video...

Segunda parte, por favooooor!!!